viernes, 2 de octubre de 2009

LA POESÍA EN JOSÉ REVUELTAS


Hace 33 años murió José Revueltas.

Comunista, novelista, pensador de la izquierda mexicana cuando aún no declinaba la figura de este tipo: el intelectual riguroso heterodoxo, que quería la revolución en México.

Y fue poeta.

Leer a José Revueltas es tener una experiencia consciente con su pensamiento. Es tomar el pulso a una actitud espiritual que es dinámica, procreadora de cuestionamientos profundos sobre los actos humanos; hasta la indecisión es objeto de escrutinio por parte de este autor, quien escribe una obra literaria coherente, obsesionada por establecer sus verdades basadas en una permanente elaboración crítica del texto de género diverso, bajo una estética transgresora, donde más que subvertir el orden natural del cosmos que lo aflige, intenta colocar como principal foco de atención una necesaria revaloración del papel que desempeñan las personas que viven inmersas en el destino, ya no auspiciado por la divinidad sino por el caos general, como origen y deriva de sus acuerdos o desacuerdos con el tiempo y el espacio que habitan. Seres humanos como materia que debe tomar conciencia de sí, para desechar como proyecto a realizar la simple felicidad terrenal, que no es más que el privilegio de los animales; por tanto, el territorio por conquistar es el de la conciencia de la desdicha y no la postulación de absolutos, que en todo caso servirían como refugios de la inacción y la conformidad, o lo que es peor y que Revueltas intuye en todo momento, y que además supo observar en las grupalidades de tipo comunista o incluso en las sociedades reguladas por gobiernos de ese signo; aquí Ramón Xirau lo dice de un modo inmejorable: “Hacer absoluto lo que está en el corazón de lo relativo es una idolatría; idolatría que sería solamente un errar si no fuera, en realidad, atroz porque de hecho esta idolatría ha conducido, bien lo sabemos, a los muchos y diversos “universos concentracionarios”. En Revueltas, a partir de sus diferentes registros literarios, se encuentra una propuesta alterna de integridad humana y aunque la poesía sea independiente de la moralidad, ya que el arte poético desde su alta perspectiva “contempla por igual y con absoluta imparcialidad la naturaleza de lo bueno y de lo malo, de la felicidad y la desgracia”, es precisamente desde esta perspectiva que se considera una parte de la narrativa de José Revueltas y lo que este autor comparte desde los poemas en prosa, y sus poemas recopilados en su obra póstuma.
Es importante colocar la mirada en la poética de Revueltas, ya que resulta esencial para comprender su estética que nunca está aparte de la reflexión y la escritura como tales. A lo que él llamó Realismo Dialéctico como denominación para sus relatos y novelas, la mirada atenta a su poesía podrá de igual modo percibir lo dialéctico de su versificación libre, pues esta es altamente dinámica e indagadora.


LA PROSA POÉTICA DE REVUELTAS

En la novela Los días terrenales hay ciertas aberturas de expresa poesía; se elige aquel instante que marca una transición que vive el personaje Jorge Ramos, quien es un comunista, crítico de arte, justo cuando termina de redactar un artículo en torno a la obra pictórica de Julio Castellanos y de Manuel Rodríguez Lozano. El crítico se pasea por su estudio admirando la suntuosidad del lugar, reflexionando sobre las innovaciones en el diseño de automóviles del año 1919-1920, vistos en una revista de aquella época, para detenerse en un ventanal desde donde se alcanza a mirar la nitidez de un cielo azul cobalto del atardecer citadino, este sujeto se transforma en un voyeur privilegiado, testigo de los escarceos lésbicos de dos adolescentes que han subido a una de las azoteas contiguas. Sin embargo, antes de la descripción del acontecimiento erótico (del cual no es el único espectador pues su esposa también se halla observando tal evento, desde otra habitación, sin que Ramos lo sepa), Revueltas inserta un texto sumamente digresivo, volátil, pero que define muy bien la visión poética de este novelista:
“Allá, por entre las cortinas de su alcoba, la mujer que se mira en el espejo sonríe, se vuelve, habla con su soledad, se hace ofrecer mil clases de aventuras y luego se toma la cabeza entre las manos, en la actitud de una tarjeta postal. Así semidesnuda, los codos hacia arriba, es de una gracia infinita, pero de pronto se deshiela, parece tomar una decisión y con ambas manos hace girar la cabeza sobre su propio eje unas veinticuatro veces, cual la cabeza de un maniquí; se la arranca con suavidad como quien se desprende una espina de pescado de la dentadura, y luego la coloca bajo su axila, igual al guerrero que se quita el casco, sonriendo, atrozmente sonriente, sin que la decapitación, empero, haya dejado una sola gota de sangre en el punto donde el cuello fue separado del tronco. El pañuelo que pasa por la calle despidiéndose de alguien y de súbito llora, a pañuelo vivo, porque alguien no está en la ventana. El cartero triste, un poco soñador y otro decepcionado, que después de doblarlo cuidadosamente en cuatro arroja en el buzón, sin miedo pero tampoco sin que sus pies toquen ninguna superficie, el cuerpo de un fantasma verde que exclama he muerto, he muerto, he muerto. Las azoteas. Dos senos pendientes del tendedero. Una sábana completamente nupcial que se agita en el aire.”
No sólo en este fragmento de Los días terrenales, novela de 1949, se percibe el sentido poético del relato en Revueltas. Se puede decir que en toda su producción narrativa existe esta dimensión poética, que es digresiva por antonomasia, siendo muchas veces un recurso para recrear atmósferas, y también para definir acciones narrativas. Por supuesto que Revueltas sigue este camino en el sentido de las descripciones detalladas, donde el rejuego de la imagen es una clara postulación poética, sobre todo muy marcado cuando las acciones discurren en ámbitos como los de la obscuridad nocturna, por poner un ejemplo; sean los espacios compactados por la exterioridad rural, como es el caso de fragmentos de la novela El luto humano, libro de 1943:
“El norte daba golpes sobre la noche. Y el cielo no tenía luz, apagado, mostrando enormes masas negras que se movían espesamente, nubes o piedras gigantescas, o nubes de piedra.”
O el siguiente fragmento de Los días terrenales:
“(…) la noche parecía proponerse no alterar su extensa y profunda dimensión, su dimensión de curvo abrigo prenatal, de negro vientre sobre el hemisferio, aunque ahora su tremenda piel de serpiente unánime, como a influjo de un destino trastocado que se suponía iba a ser nocturnamente quieto y de pronto no lo era, impulsada por el rumor de los pasos y el arrojarse de aquellos trescientos hombres sobre el río, quizá más negra por causa de esto, movía, torva y viva, sus lentas y seguras escamas.”
O la nocturnidad que recorren algunos personajes por las vías marginales de la urbe, también en Los días terrenales se lee:
“En esta forma Bautista y Rosendo, si bien seguros por cuanto a no ser descubiertos por la policía, se sentían no obstante víctimas de una indefinida turbación orgánica, fisiológica, cual si la obscuridad fuese un tejido hostil, una suerte de protoplasma adverso que rodeara al espíritu sin permitirle nacer, sin dejarlo romper una placenta enemiga y sorda, a la manera como sucede en el recuerdo, ligeramente atroz, de cuando, desde el vientre materno, quizá se experimentaron unas cosas extrañas que eran el deseo de sentir y, al mismo tiempo, la angustiosa imposibilidad de ese deseo.”
O incluso la opacidad de las coordenadas concretas de las habitaciones donde se sucede la fatalidad de la vida militante, otra vez en Los días terrenales:
“Empero no haber en la habitación resquicio alguno a través del cual pudiera filtrarse el aire, la llama de la vela se estremeció, tal vez alcanzada por el filo de alguno de esos círculos concéntricos de obscuridad que se desprenden de las paredes de tiempo en tiempo, a lo largo de una noche de insomnio o vigilia, y que, sin que nadie pueda explicárselo, hacen chisporrotear el pabilo con un ruidito suave que es como la onomatopeya de un torpe beso.”
En términos de retórica es en las descripciones de la narración donde es evidente el manejo de la poesía, no obstante en Revueltas no es sólo representación realista de atmósferas, si no eso que tanto abrazó en sus textos, la emergencia de un realismo crítico (dialéctico) donde ambientes y seres se conjugan en una unidad contradictoria, como si el universo o el microcosmos de su encierro (real o metafórico, por ejemplo el caso del dogmatismo que tanto criticó) tendiera un cordón umbilical (hay múltiple recurrencia en Revueltas a la simbología del nacimiento, de un segundo nacimiento, o a su inminencia abrupta o diferida) que se ensancha o se halla a punto de la ruptura por el manejo de la voluntad de los personajes. Imposible que el corte lo haga la divinidad, en todo caso el corte muchas veces violento es el que se alcanza a ver en la resolución de las vidas de personajes memorables de la novelística de nuestro autor. Como pudiera suceder con Gregorio Saldívar, militante del comunismo mexicano, quien salva la vida porque una prostituta de pueblo, Epifania, decide dar muerte a un cacique que siempre deseó matar al comunista. Gregorio opta por tomar el cauce de enfermarse de un padecimiento venéreo que la propia Epifania sobrelleva, como si con este acto moralmente libérrimo además de extremo, simbolizara la posibilidad de una ruptura con el dogma pragmático, comunista, que ha sido su cárcel ideológica, un arrojarse en manos de la total comprensión humana que significa que una mujer mate por él. Cosa que el partido no estaría dispuesto a emprender. Esto en cuanto al hilo narrativo de ese pasaje de Los días terrenales, y cuando se trata del sostén de una poesía en la prosa, es cuando en un pasaje existe una fuerte introspección en el transcurrir de Gregorio, el comunista que abraza una redención con su proceder, y en los distintos ámbitos en que este personaje ve la acción: el río en que pescan los campesinos, en el encierro material (cárcel real) en que se encuentra al final de la novela.
En los fragmentos que aquí se consideran, también se puede notar una de las cualidades de esta prosa revueltiana, como parte de esa “búsqueda de una expresión coercitiva y exhaustiva al recurrir a las acumulación de adjetivos”, que han sido señalados, entre otros recursos retóricos y poéticos (como la anáfora de los substantivos, abundante sinonimia, aposiciones, metáforas y oximorones) por la investigadora de la obra del escritor duranguense Florence Olivier.

EL POEMA EN PROSA EN REVUELTAS

En un ensayo del año 2001, el poeta Rafael Vargas alude al protagonismo del lenguaje en el libro de Revueltas Material de los sueños (1974); se trata en apariencia de un convencional, por el formato, libro de narraciones, en los que según Vargas: “el ingrediente poético es determinante”. Para este poeta los textos que son claros poemas en prosa son: “Virgo”, “El sino del escorpión”, “La multiplicación de los peces” y “Nocturno en que todo se oye”. Llama la atención que Rafael Vargas no refiera la inclusión de dos textos de Revueltas (“El sino del escorpión” y “La multiplicación de los peces”) en la Antología del poema en prosa en México, libro de 1993, que publica el también poeta Luis Ignacio Helguera. Sin embargo, ya desde 1976 el narrador y ensayista José de la Colina marca un paradero muy importante en el trayecto de la obra de Revueltas al señalar que “partiendo de la necesidad, espoleada por el deseo, la escritura [de Revueltas] tendía a ser algo más que el registro testimonial de la cárcel terrenal y, amasando y moldeando un material de los sueños, iba hacia la visión poética.” Para de la Colina los textos “El sino del escorpión”, “La multiplicación de los peces”, “Ezequiel o la matanza de los inocentes”, son escritos
“casi puramente fantásticos (…) escritura paradójica y graciosamente densa y levitante, prosa de poeta.”
El poema en prosa es una singular forma de expresión literaria. Al menos desde la modernidad, que también en poesía es asunto de ubicación histórica, es con Baudelaire donde se funda su tradición. Por supuesto que es el Charles Baudelaire que ha leído el Gaspard de la Nuit , libro del año de 1842, de Aloysius Bertrand y quizá aún más atrás con el Novalis de Los himnos a la noche, redactado entre 1799-1800. Las dificultades formales para definir esta especie literaria (que se singulariza por desbordar las rígidas recetas del verso tradicional y asumir el deslizamiento hacia un lirismo de inspiración ensayística y narrativa) han sido evidentes desde que se han materializado en diversos estudios y antologías de poemas en prosa, tanto en el ámbito francés como anglosajón, hispano y latinoamericano. No sólo la controversia estriba en la delimitación de autores y obras consideradas para su inserción en esos estudios, sino que también sorprende que textos como los de Julio Torri, algunos de Octavio Paz, o de Augusto Monterroso sean lo mismo ubicados en antologías del cuento que en las de ensayo. Luis Ignacio Helguera, quien es el más estricto en el estudio y antologación del poema en prosa en México, poeta él mismo (quien comprensiblemente no se auto antólogo en el citado libro), se ve impedido para ofrecer una definición de poema en prosa, asumiendo en sus propias palabras que:
“si el poema en prosa surge de cierto modo contra la rigidez de los géneros literarios, parece absurdo imponer una definición rígida del poema en prosa”.
Sólo que antes de esa contundente aseveración ofrece una diferenciación entre la prosa poética y el poema en prosa: “pues si la prosa poética es una prosa en la que se recurre a procedimientos poéticos como la imagen, la metáfora, la estructura paralelística, etcétera, en el poema en prosa la poesía no se introduce en la prosa como un ingrediente sino que se expresa en prosa, se vuelve prosa sin dejar de ser poesía. Al romper con el verso, que puede convertirse en un corral para la intemperie lírica del poema, y fundarse en el ritmo de la prosa, el poema experimenta una libertad de escritura y de expresión radicales.” Notable esfuerzo el de Helguera, sólo que ante la apertura de la dificultad formal del poema en prosa, para ser encerrado en una conceptualización concluyente, es preciso ir a la poesía misma para intentar captar un sentido más sutil a la cuestión. Se toman fragmentos de un poema del poeta norteamericano Mark Strand para ampliar el sentido de lo que esencialmente es el poema en prosa. Este poeta escribe en su poema denominado “La poesía narrativa”:
“(…) el poema narrativo ocupa el puesto de un relato ausente y se la pasa absorbiendo la ausencia de éste, por así decirlo, y al mismo tiempo abandonando su propia presencia a las atroces soledades del olvido.”
Strand alude, según la traducción de Gerardo Deniz, al poema narrativo que sin forzar el significado de lo escrito es del mismo poema en prosa de lo que está hablando. El poema de Strand se presenta como una rememoración donde el sujeto poético reflexiona sobre el o los sentidos del poema narrativo (del poema en prosa); en una forma dialógica recuerda lo que un día antes una mujer y un hombre platican acerca del tema central del texto poético:
“Decía ella: A lo mejor todos los poemas llamados narrativos no pasan de ser irónicos y sus acontecimientos revelan nada más lo empobrecidos que estamos, en qué medida vivimos, como utopistas sin esperanzas, para el fin. Muestran que a nuestras vidas las invalidan nuestras necesidades, sobre todo las necesidades de continuar.”
Más adelante en el poema interviene la madre de quien funge como sujeto poético para, a través de una llamada telefónica, manejar una analogía muy importante:
“Mi madre dijo (…) “Tu papi me hablaba mucho de la poesía narrativa. Decía que era una mujer vestida de largo y que llevaba flores. La roja cabellera caía leve sobre sus hombros. Decía que la poesía narrativa solía pasar en primavera y hacía intervenir a un hombre. La mujer se acercaba a su casa, hacía una seña al hombre con la mano y dejaba caer las flores. Esto –continuó mamá- parecía indicar la falta de objeto de la poesía narrativa. Dondequiera que estuviere la mujer, sembraba simientes de desapego.”
Lo que se descubre en el poema en prosa es una suerte de relato ausente, como si el poema nos contara algo que no es precisamente una historia, ni la evocación completa, muchas veces, del algún acontecimiento. Y ese relato ausente es lenguaje poético: el poema en prosa es un objeto verbal que intuye, efectivamente aunque no siempre, a través de la ironía, una verdad poética que es necesario percibir, poesía y conocimiento se dan la mano en esta forma de la literatura.
Ya que el poema en prosa construye un universo, aparte de lo meramente narrativo o de lo exclusivamente metafórico, como dice Strand desde su poema: “invalida nuestra necesidad de continuar”; sí, de continuar el sentido de un relato que tiene que ser redondeado, pero ¿porqué la preocupación en un desenlace de tipo cuentístico, si la ausencia del relato imposibilita la necesidad de un fin? Poesía por lo tanto, aún más sublime como expresión de una radicalidad, que en ocasiones el verso libre o tradicional no logran penetrar o siquiera postular.
Los poemas en prosa de José Revueltas son ubicados sin mayor problema en el libro de 1974, Material de los sueños, y los textos englobados bajo el apartado de nombre homónimo y que incluye: “El sino del escorpión”, “La multiplicación de los peces” “Nocturno en que todo se oye” y “El reojo del yo”, cuyo subtítulo es “Géminis”. En ellos la escritura de Revueltas es punzante, corrosiva; se trata de una escritura áspera que sostiene, en los dos primeros poemas a que se alude, la mímesis de una microzoología que se desdobla casi sin percibirse, sin que nos demos cuenta, en una antropomorfa fatalidad. Porque según el poema primero, el escorpión es un animalillo que vive sin saber su identidad, que ha sacrificado cualquier apego a una tradición, que sólo se mira al mirar a los demás escorpiones, que anhela amar al hombre, quien termina por perseguirlo hasta darle muerte. Un bicho que desconoce hasta su propia secreción de ponzoña, y que si nadie lo mata él mismo consigue la muerte al “hundir sus amorosas tenazas en cualquier cuerpo”; que sufre la extrema soledad, hasta que de súbito dejando de ser un ente en singular, se torna en un plural de escorpiones que toman la identidad de ser lo que atestiguan, lo que miran o lo que escuchan y ahora pasan a ser nominados por las frases humanas de la costumbre:
“amor mío, maldito seas, te quiero con toda el alma, porqué llegaste tarde, estoy muy sola, cuándo terminará esta vida, déjame, no sabría decirte si te quiero”.
A la sazón los escorpiones son lo que son los seres humanos, lo que somos los seres humanos, y lo que éstos les permiten ser a esos animales despreciados. ¿Dialéctica en poesía? Por supuesto que sí. El desenlace es terrible porque las personas defraudan a los escorpiones, al inflingirles la muerte, ya que no pueden/podemos soportar que unas simples alimañas sean testigos de nuestros atroces actos cotidianos. En “La multiplicación de los peces” Revueltas presenta esta especie acuática como soberanamente extraña en el mundo de las personas; hay en el texto un sentido más hermético; sin embargo, también son peces y simultáneamente sujetos que asumen actitudes y comportamientos propios de los seres humanos. Tanto “El sino del escorpión” como “La multiplicación de los peces”, aunque más evidente en este último, se presenta una marcada irracionalidad, de influencia surrealista, al fin porciones de un onirismo que al pasar al registro de lo consciente, ganan el rigor que el autor traduce en poemas en prosa de excelente manufactura, a un mismo nivel que los textos de Juan José Arreola o Ramón López Velarde, quienes son parte de la antología de Helguera.
En el libro Cenizas, considerado la obra póstuma del escritor duranguense, se pueden ubicar otros poemas en prosa. Aquí se mencionan dos: “Ejercicio para probar nueva pluma” y “Acuarium, signo de Eva”. En el primero el autor discierne acerca de cómo la luna riza los bosques al galope de nubes que transcurren sobre sitios y personajes mitológicos, en plena transformación, hasta que una vía láctea, a punto de convertirse en río se esfuma para dar paso a un mar que se orina en la cama y también es un mar de circo, un mar ambulatorio, un mar que se desgaja en orden de la aliteración:
“(…) corderos ambiguos navegan sin destino en otro mar despierto inundado mar que se orina en la cama cada noche de la noche y ambula mar de circo ambulante de fotografía de fotógrafo ambulante amante ambulante que deambula y noctámbula mar a gritos sin sentido mar que rueda que aprisiona sueña rompe ladra roba perece habla no cesa de marear mar mareado de marea marítima de otro mar sin mar desmemoriado desamarizado desmadrado mar-mar.”
De igual forma en este libro se ubica el poema en prosa que retoma una vez más la influencia bíblica, como en casi toda la literatura de Revueltas, se trata de “El fruto prohibido” donde el “otro Adán” es sorprendido por la omnipresencia de la serpiente en el momento en que aquél está a punto de morder la manzana del mito primigenio.




LOS POEMAS DE REVUELTAS

Los poemas de José Revueltas son recopilados en la tercera parte del libro Las cenizas. En el prólogo del libro Carlos Eduardo Turón escribe: “José Revueltas no fue un gran poeta en sus poemas, pero sí en su prosa. Poesía de lo sórdido, volitiva, atea, atravesada por estrías de luz trágica. Toda la agresión de la verdad, que hace nacer en el lector la condena a este tiempo. Poesía que desea la conciencia rebelde, actuante”. Más adelante enfatiza que los poemas recopilados oscilan “entre el divertimento puro –que rara vez se da en los relatos– y la intuición lírica gratuita o subconsciente.” Aceptable a medias resulta esta apreciación. A estas alturas se sabe cuál ha sido el principal proceder poético y retórico de la literatura de Revueltas. El poema en prosa es su mejor poesía. De hecho Turón se acomoda en esta frecuencia cuando en el mismo preámbulo anota “(J.R.) trata el poema como un ensayo”, en efecto Revueltas sigue haciendo poesía del pensamiento, poesía que es reflexión en torno a sus obsesiones: la noche que azota las conciencias (en “Discurso de un joven frente al cielo”); la noche habitada por los personajes que la reinventan (en “Nocturno de la noche”); la posible redención humana (en “Canto irrevocable”); la necesidad de un concierto de llantos que abran una vía de purificación (en “Si el aire…”); el yo que se afirma participativo (en “En este sitio”, “La expiación”); el rotundo legado de la muerte, donación sagrada que es necesario considerar (en “La espada”); el registro de la angustia de ser una criatura acosada por la seducción de Dios (en “Oh Dios, tormento…”); la insostenible ausencia-presencia de la mujer amante (en “Los esponsales”); la concentrada mirada del poeta que ejerce un fértil escrutinio de lo sencillo en apariencia (en “El propósito ciego”), etcétera.
Aunque preocupado por la forma José Revueltas escribió sus poemas en verso libre. Contenidos, pulcros, acaso traicionados por la demasiada intromisión de un yo que califica el sentido de lo escrito; reflexivo, básico, en el sentido de sentar los fundamentos de su preocupación metafórica, simbólica. Nada complicada su poesía sabe ser compartida como cuando dedica algunos poemas a otros poetas, como Oscar Oliva o Efraín Huerta.
José Revueltas influye indiscutiblemente en los entonces jóvenes poetas mexicanos de finales de los 50 y durante los años 60; se dice esto en relación con el ambiente de efusión contestataria que existe en el México de aquel momento; sobre todo a través de su crítica al marxismo dogmático que ve en su Ensayo de un proletariado sin cabeza, el punto de ruptura con el comunismo del partido al que ha pertenecido históricamente. Influye en un sentido ideológico que no poético; sin embargo, es necesario decir que aquellos movimientos poéticos nacidos del afán genuino de fundir la poesía con la vida, incluyen poetas que según Evodio Escalante se encuentran: “pertrechados lo mismo en Hölderlin, que en Marx, en William Blake que en Lenin.” Algunos de estos poetas pertenecen al P.C. mexicano y después al espartaquismo, en ambos momentos junto con José Revueltas. Se trata de Eduardo Lizalde y Enrique González Rojo, que están identificados con el poeticismo, junto con Marco Antonio Montes de Oca. Escalante por supuesto que también identifica una retórica marxista en las ideas de poetas como Oscar Oliva, Jaime Augusto Shelley, Jaime Labastida y Eraclio Zepeda, los poetas de La espiga amotinada. Esta línea de relación entre poetas es clara, por un lado Efraín Huerta, José Revueltas, León Felipe, Pablo Neruda y por otro lado los poetas jóvenes rebeldes de esa etapa fértil de la poesía mexicana.
No es aventurado apelar a un argumento importante y que está por el rumbo de la convivencia con el autor de El apando. José de la Colina escribe que Revueltas también producía poesía oral y describe que:
“en una reunión de amigos, con un suave crepitar de bebida espirituosa, ya avanzada la noche, nadie rasgueando siquiera la guitarra, Pepe empezaba a contar uno de sus “sucedidos”, digamos la historia aquella de cuando él en un autobús y por la calle se gritaba que una ballena había escapado, herida por los guardianes, del zoológico de Chapultepec, y un hombre silencioso y con algo raro en los ojos subía al autobús y cambiaba con Pepe una mirada de suplicante complicidad y entonces… “Zas, pensé este tipo es la ballena escapada.” A Revueltas le chispeaban los ojos (¿o los lentes?) esperando taimadamente la pregunta: “¿La ballena?”. Y respondía entonces: “Sí, me di cuenta porque al agarrarse de la barra, su saco se entreabrió y tenía una mancha roja en la camisa, donde lo habían herido, a la altura del corazón…”.
Quiero decir que Revueltas es un escritor muy rico, poéticamente hablando, aparte como político y filósofo mantiene una coherencia muy valiosa en países como el nuestro. Singular además es el reconocimiento que tiene entre el gremio literario de México. Su poesía también está presente en narraciones como El apando. Aunque quizá no sea leído ni tomado en cuenta, será porque es un sujeto muy crítico, y su literatura va hasta los extremos de los grotesco y lo monstruoso, y en esta época de postmodernidades ligeras, la densidad de Revueltas es difícil de aceptar.

FIN Y RECORDATORIO

Hace 33 años que murió José Revueltas, hay que recordarlo.

6 comentarios:

  1. Carnal:
    Tengo ganas de compartir dos fragmentos de textos de Revueltas que omitiré comentar para no sesgar la opinión... sin embargo tengo una queja respecto a la producción literaria de este buen-compa... me parece que en aras de sostener un perfil ideológico (y los resultantes compromiso y camisa-de-fuerza) debilitaba la riqueza, la fuerza comunicativa de su trabajo y (auto)limitaba las posibilidades explorativas de sus obras... me cuesta trabajo comunicar esa sensación que me deja la lectura de Revueltas; no en demérito de su coherencia de vida (que no pongo a discusión) sino como un regusto final de incomplitud... en fin, no importa van los escritos:

    "... El reloj amarillo de la torre, los árboles, aparecieron como un rompecabezas, como un haz de tarjetas, desarticuladas, y luego todo se quedó oscuro, impenetrable y silencioso dentro del carro... Más tarde ya no eran sino edificios de la ciudad, entrevistos por la estrecha claraboya; edificios de erigida ceniza, rectos, unitarios, pues ya no había esquinas y todo se había tornado un muro, una calle sola y larga, cargada de infinito.
    "... el carro iba de izquierda a derecha; parecía, luego, tornar sobre sus propios pasos, como rectificando y después continuaba en su vértigo, ciego, carente de certeza, desgobernado y sin propósito,como un carro de la noche, que caminaba sin fin... ¿A qué destino?
    "Dentro sólo se oía el ruido sordo del motor y la respiración desacompasada del grupo informe , ni siquiera adivinado... que aguardaba zhí lleno de inquietudes, en la oscuridad. ¿Llovía? Debía llover porque de las llantas del carro brotaba un rumor como de arena, suave y de una tranquilidad insólita, que no se comprendía. Un rumor acariciante y lleno de consuelo. Bastaba oírlo con atención para que todo el resto... se olvidase. En las tardes de llovizna ligera, cuando llueve con sol -y pagan los avaros, se dice-, la tierra comienza a despedir un olor fresco, un olor vegetal de cortezas jóvenes y tallos vigorosos. Entonces los automóviles de la ciudad caminan más despacio, voluptuosamente, y de sus neumáticos surge un ruido favorable, descansado, inactivo y dulce. El rumor del agua viajera... sin malos propósitos, que viaja de las nubes inocentes con el solo fin de dar más luz a la ciudad y acentuar sus tonos claros, sus imposibles cercanías."

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  2. Otro:
    "El paisaje que se ofrecía era majestuoso e imponente. De un lado el mar azul, de una hermosa transparencia que permitía ver la quebrada arena del fondo, las móviles estrellas marinas y todo el mundo caprichoso de las conchas y caracoles. Del otro, un vegetación exuberante, de un verde intenso, que trepaba por el cielo, mágicamente, como una decoración de teatro suspendida en el aire por alfileres invisibles. Una brisa aromática soplaba por el norte y era tan singular aquello, que el pensamiento volaba por el océano, aproximando las distancia e imaginando tierras remotas, islas verdes y azules. Allá adelante estaría la Isla de Guadalupe, casi desconocida, misteriosa, donde los japoneses, se decía, se dedicaban a la pesca ilegal de perlas y esponjas; luego el Cabo de San José, desértico, solitario, como un puesto de avanzada en el mar poblado de fantasías; el Golfo de Cortés, ahí mismo, legendario, oliendo aun a carabelas y a indios silenciosos, que construían sus balsas de maderas vivientes. Más tarde San Francisco cuyo nombre español parecía una lágrima en medio de los demás puntos sajones del mapa; ciudad de fama desenfrenada, de llanto alegre y desquiciado, de terremotos y de consternación. Y en el límite del mundo, arriba, entre el trabajo de los hielos, se encontraba Alaska, con sus salmones de oro y sus pescadores tristes, forzados, prisioneros sobre los sucios barcos y anhelando una mujer.
    "¡Ningún mar tan lleno de historia y maleficio como éste! Ni el Océano Índico, con sus costas de maravilla y de cuento, ligado a la biblia y a Salomón, al Ramayana y a los viejos poetas sánscritos; ni el Mar Negro, oloroso a petróleo y a mujeres prisioneras; ni el Mar Caspio, enriquecido por ancianos ríos eslavos; ni el Mar del Norte donde navegaban las viejas razas rubias. Bajo el Atlántico se mueven aún olvidadas ciudades submarinas, hombres de vidrio que hacen poesía y suenan como música. Pero este Pacífico de aquí, el más inmenso de todos los mares, tiene una voz que no se olvida. Los pueblos que baña el Pacífico, guardarán siempre en su fondo algo de primitivo y de elemental, algo lleno de misteriosa unción y comunión con las cosas lejanas, porque el Pacífico es el único mar que tiene una voz universal y vieja. Basta detenerse en sus orillas, con la respiración en suspenso, para oír las más profundas palabras: palabras del África, como golpes de címbalo; antiguas palabras del Indostán, grandes y monumentales como iglesias; palabras de Cipango y de Marco Polo; voces de Magallanes, sinfonías de sal y de repúblicas abandonadas bajo cruces australes. ¡Tal es este mar lleno de cosas despiertas, de luces y de sombras!"

    Saludos afectuosos.
    José Salceda

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  3. Hola, Los muros de agua son otra posibilidad de exploración poética (comentar un texto es sesgar un sentido: operación válida cuando se ensaya, no temas hacerlo). Material de los seuños y Los días terrenales son las obras que más me llegan. Bueno, El apando también. Saludos y gracias por compartir: las vaquitas están contentas por tu visita.

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  4. Increíble lectura la de Revueltas, para mí un íconoclasta mexicano en la poesía en prosa...

    Felicitaciones por tu ensayo.

    salu2

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  5. Congreso “Cinco Literatos Latinoamericanos en Centenario”
    University of Ottawa, 3 y 4 de Octubre de 2014
    Solicitud de Propuesta de Ponencias (Call for Papers)
    En ocasión de conmemorarse a lo largo de 2014 el centenario del natalicio de los escritores latinoamericanos Julio Cortázar (1914-1984), Efraín Huerta (1914-1982), José Revueltas (1914-1976), Adolfo Bioy Casares (1914-1999) y Nicanor Parra (1914), el Comité de Estudiantes Graduados de la University of Ottawa, con la colaboración del Departamento de Español de la UO,

    CONVOCAN
    a la propuesta de ponencias para la participación en el Congreso “Cinco Literatos Latinoamericanos en Centenario”, que se llevará a cabo el viernes 3 y sábado 4 de Octubre de 2014 en las instalaciones de la University of Ottawa.
    Los ejes temáticos pueden abarcar una o varias de estas personalidades literarias y son, pero no se limitan a:
    • La obra como narrador, poeta, ensayista, crítico, intelectual.
    • Análisis de la producción literaria bajo un libre enfoque teórico y metodológico.
    • Presencia de estos autores latinoamericanos en los medios editoriales e internet.
    • Visión de estos literatos por sus contemporáneos respectivos y por la crítica.
    • Escritura miscelánea sobre la vida y obra, de cualquier género, de estos autores.
    • Avances de investigación, work in progress, lecturas de obra comentadas y abordajes de la vida y obra de estos autores más allá del ámbito literario.

    La fecha límite de recepción de propuestas (250 palabras en español, inglés o francés) es el 30 de mayo de 2014. Las propuestas e información del ponente deben enviarse por correo electrónico a:
    5literatosen100@gmail.com Contacto: Norma Jiménez Kaiser
    Facebook: https://www.facebook.com/literatosen.centenario

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