SIN PARAR

¿De qué piel,
de qué sol,
de qué universo
los límites de adentro
hacia afuera
significan una mujer?

¿De qué vida,
de qué color,
de qué historia,
de qué conmoción
es una dulce turbación
el placer?

Sediento,
la lengua incinerada
en su mitad,
la ventana es su melena,
su sal la tela que apacigua
mi boca;
sus labios
-los que no son de su boca,
sino de su verbo amargo-
quieren profetizar
una verdad sólo para mí,
en la punta
de mi declive.

Y de pronto
el amanecer...

EL SURCO NORTEÑO DE MI COSECHA MUSICAL: LOS CADETES DE LINARES

En los años 70 mi padre anduvo por la sierra del norte del país. En su trabajo necesitaba andar por serranías, a lomo de caballo, en helicóptero, a pie. Tengo sus fotografías. A veces está posando cerca de árboles de manzana, o asando elotes con sus compañeros de trabajo, seguro en un momento de calma y por supuesto a la hora de comer. Bajo la lluvia o bajo un sol abrasador. Mi padre.
Recuerdo que entonces nos mandaba a sus hijos hasta Xalapa, por COD, en cajas de cartón cobijas, discos de acetato, de esos que venían en caja; recuerdo cuando mandó la caja especial de Los Tigres de Norte. Uh. La narrativa de este grupo tenía que ver con narcotraficantes, con mujeres impías que derribaban honras masculinas de hombres al margen de la ley. Pasu mecha, entonces escuchar a los tigres en el estéreo que mi padre le regaló a mi hermano en sus cumpleaños 15, subirle el volumen a "Contrabando y traición" significaba regodearse en el vértigo de quienes delinquían, pero de tan bien aceitadito el corrido norteño, a esa edad mía, lo mismo daba esta melodía que una de Kiss, una de Bee Gees, una de Leo Sayer, de Iron Maiden, o de Héctor Lavoe.
Y en esa correspondencia musical, mi papá quería que sus hijos también se alfabetizaran, bueno, íbamos a la escuela, pero mi padre comenzó a mandarnos libros entre las cobijas y los discos, y entonces, entre la música de Manolo Muñoz (rocanrol mexicano, qué chido bailar con la "Chica ye yé", me cae), y más discos de los entonces Conjuntos Musicales, a quienes por cierto extraño mucho ahora que los choferes del servicio urbano van tan callados, estresados, ora hablando por celular o de plano silentes: Los Bukis (no manches: Yo te necesito, a cada momento sólo pienso en ti), los Brios (Yo sé que te acordarás…). Ya mucho antes, cuando mi padre trabajó por Córdoba los discos los compraba en los almacenes AB, y desde esos incipientes años 70 ya mis sentimientos tenían que ver con Edye Gorme y Los Panchos, con los formidables Hermanos Martínez Gil, vaya, el puro blues nuestro de cada día, la música de estos hermanos de Misantla, caray que fineza, qué letras, qué únicos, qué arreglos, qué punch lírico musical. Hace poco que volví a Misantla me tomé una foto cerca de ese feo, pero justiciero, relieve en cemento que está en una calle misanteca; le platiqué un poco de los brothers a Arturo, quien me tomó la foto, y quizá ya no se acuerde de esto, pero yo sí, y así corre desde la memoria la música como frecuencias emotivas, la música mexicana que no quiero abandonar.
Un día llega hasta la casa la notificación telegráfica: favor ir caja discos cobijas libros... y shifúm rumbo a Telégrafos Mexicanos.
Era una caja grande que en su vida original contuvo un ventilador y que se van asomando los discos de Los cadetes de Linares, y entonces me di cuenda que hay grupos de música norteña que tenían más sabor a campo, a monte, a botas puntiagudas, música norteña de restaurantito como para comer huevos navegantes picosos; más música del norti que olía a carne de cerdo guisándose entre el caldo espero de la manteca o aspandose en las parillas, me di cuenta que había música norteña más ruda, ya no tan estéticamente a modo, para oídos que bien se saltaban de Ray Coniff a Rigo Tovar, o de Juan Gabriel a Roberto Carlos, de Fausto Papetti a Estela Nuñez, no, Los Cadetes de Linares eran más pa’ la raza. Sí. Reto a quien me diga si alguna vez los vio más de 10 minutos en Siempre en Domingo, en Noches Mexicanas, bueno en El estudio de Lola Beltrán (mi Lola). No, pues no creo que los productores hayan visto en Los Cadetes personas como para aparecer en las pantallas mexicanas y qué bien pues los cadetes tendrían que ser para mí más auténticos, más originales, más rasposos.

(Ah, pero ya desde las ondas hertzianas de El Compadre Manuel -en riguroso AM xalapeño- mis oídos sabían de Las Jilguerillas, de Ramón Ayala, de Los Alegres de Terán, hijos, los más chichos de este lado del Río Grande y de más pa’ lla: Los cadetes fueron parte de mi brío juvenil, ah, pero siempre en la consabida manera de bailar pasitos norteños, dignas sinuosidades de acordeón, valsesitos de bajo sexto, casi polkas, rancheritas, baladas, o cumbias adaptadas al estilo de estos grandes de Linares, Nuevo León.)
...
Los Cadetes de Linares se integraron gracias a las diligencias de Homero Guerrero, desde 1960, allá en un lugar denominado Linares, Nuevo León; el nombre de cadetes fue un relámpago fugaz en las ensoñaciones de Guerrero, pues se vio a sí mismo como todo un cadete de la música, un cadete que sabría cómo ganarse el dinero para vivir, ya que la pobreza estaba bien canija. El primer acordeonista de grupo fue Adán Moreno. Para 1968 entra el segundo acordeonista del grupo, Samuel Zapata, debido a que Moreno se va por problemas personales; de esta manera con Homero Guerrero en el bajo sexto y Zapata graban su primer disco. Ese disco trae la canción “El rogón”. A finales del 68 se va Zapata y llega Candelario Villarreal, así hasta que llega otro grande: Guadalupe Tijerina, y lanzan en 1974 “Los dos amigos”, que los lleva más allá de las fronteras, hasta ciudades gringas comoTexas, Arizona, Nuevo México, Chicago y California. El fatídico suceso del año 1982 para el grupo es la muerte de Homero Guerrero en un accidente de carretera en el tramo de Monterrey-Cadereyta. Curiosamente se han formado más de 20 agrupaciones que llevan en sus nombres una parte de Cadetes o Linares, como ramas del tronco central.

Así volver a ver a mi padre entonarse su ron con canciones como:
No, no te preocupes por mí,
aquí todo sigue igualcomo cuando estabas tú,
sí es cierto que no hay calor ni
en la casa y el olor de tu cuerpo sigue igual,
ya, ya la fuente se secó,
el canario ya murió pero aquí no hay novedad…
(Digo, que ahora anden batos con esta rola en sus camionetas, pues nanais, no se oyen bien, pero qué se le va a hacer.)

Dos coronas a mi madre
al panteón voy a dejar,
donde me paso las horas
llorando sin descansar;
dos coronas a mi madre
es muy poco para ti, madrecita de mi vida
quisiera quedarme aquí...
(Órale, qué letra, y sí, dan ganas de quedarse allí en el panteón, donde las piedras son muestras de un arroyo en el que no queremos nadar.)

Me dicen el asesino por hay,
y dicen me anda buscando la ley
porque maté de manera ilegal
la que burló mi querer…
(Sí pues, vaya, me reencuentro con esta letra y veo el peso que tiene esta música y esta lírica en la configuración de una masculinidad broncuda, asesina, y bueno, ay de aquellos tiempos o de estos, donde se violenta a la mujer por sentirla traicionera; la música sigue surtiendo este imaginario donde la mujer es el objeto de los temores más profundos de los hombres, cosas que hay que analizar, por supuesto.)

Una palomita blanca
de piquito colorado
ayer yo la vi llorando
por las cumbres de un guayabo,

currucu currucu
le cantaba al palomito,
currucu currucu
que volviera a su nidito…
(Bueno, El palomito, para bailar con la chica, sí y cantársela al oído.)

Eran cuatro de a caballo
de aquel real del Mapimí
huyendo de la acordada
se escondieron por allí.

Pancho era de aquellos cuatro
el más cruel y sanguinario,
pues una vez mató a un cura
mientras rezaba un rosario…


(Bueno damas y caballeros, niños y niñas llego hasta el leit motiv de este escrito, aquí mis respetos, y uno dice ay cómo no vuelven esos tiempos… Digo aquellos tiempos donde podía ver a mis padres escuchando, entre las comidas, esta canción mientras le crecían a uno las angustias por eso mismo, por crecer. Los cadetes se consagraron como grupo popular, pero no tan visible como los tigres aquellos, y con corridos como este dieron sitio a su figura en la poética del cancionero mexicano, sin más.)

Martín le dice a José:
no te pongas amarillo
vamos a robar el tren
que viene de Vermejillo.

Amarillo no me pongo,
amarillo es mi color,
he robado trenes grandes
y máquinas de vapor…
(Pero bueno esta letra es la más potente, es la neta de Los Cadetes y bueno, hubo un día en que a mis 17 años solía empujarme alguna bebida socializante, que no socialista, y a gritar a voz en cuello sobre todo esos dos cuartetos.)


Hace no mucho me entero que Los Cadetes o los que queden de ellos, ya cantan melodías mucho más agregadas al fermento que ve en el narcotraficante cierta glorificación de sus osadías; ya mis cadetes cantan hasta melodías donde le mientan la madre, de plano, con todas sus letras, a la mujer que sienten los sigue traicionando: ya no me gustan mis cadetes de esa manera, ni para echarme una risilla con mis amigos pícaros, en serio.
Pero hace muy poco, desde el Facebook me entero que algo les pasó a mis músicos y voy al diario electrónico del día 19 de diciembre y sí, los de la PGR arraigaron a los que quedan de los cadetes y sopas, no sé en que acabe esto. Quesque por tocar en una narcofiesta (vaya conceptito mano, diría un posible Capulina), por lavado de dinero y delincuencia organizada, por rozarse muy de cerca con los Beltrán Leyva. Ja. Sólo les deseo fortuna, que salgan libres para que sigan animando bailes, como el que estuve apunto de ir por acá en la Colonia Miguel Aemán, por el rumbo de la Reserva Territorial.
Ah, y quiero decirle a los políticos, artistas televisos, ejecutivos del CCE, jerarcas de medio pelo pa’ arriba de la rumba eclesiástica, a ellos, que los que nunca hayan estado bailando, echando trago, o con su linda familia en una narcofiesta, que se avienten el primer pasito duranguense (esta música pa’ que vean no me late nadita, nada de nada; bueno, sí me gusta esa que dice Mamá el mechón préndeme el mechón; dejen ora que salga para Nueva York me la llevo en el Ipod, sure).

Ay Dios, ya me volví a acordar de mi papá.
¡Larga vida a Los Cadetes de Linares!

MANERAS DEL INVIERNO

Cuál es la dicha taciturna,
la de la silla fría que no tiene ira,
ni sopor que deja su aurora a mitad del té,
y ese viento impertinente pide sol y recae en notas de cello,
venerado, aire de montaña la mano del invierno
que gotea cenizas y los laudos verdes del afuera
manos de nubes, rocas gélidas
que no tienen pisadas de cabras.
La tarde un mantel de dudas y hormigas
que escriben un verso filial
amatorio, va de aquí a la lápida desde el azul
neblinoso de su oquedad.

La cabeza teje y desteje razones
allí donde los golpes de frío son destajos,
variaciones del cello que deslíe memorias de fuego,
abrazos de estatuas,
dislocadas percepciones de sombras
dobles ahora que la música va hasta el pasto
que aún resiente su peso, su grito, su adiós.

La tarde es una mujer que la noche busca por este páramo,
la mujer es una manera de la soledad,
de las reiteraciones del apisonado invierno
que contra los cristales muestra su cara infantil,
que quiere entrar, posarse en la silla aún más fría
y beber sus notas de cello ya fugaz,
perpetrando su obsesión.



LA IMPOSIBLE CONVERSACIÓN

Es real que las puertas de los cementerios deletreen trozos de piel,
allí donde las uñas de la niebla pelaron la fruta que nunca pudo digerir,
allí donde la mano de la niña sintió que el hierro le forjaba su orfandad,
allí donde el vástago de un verde íntimo y sudoroso emergió para atar
las patas del caballo del jinete muerto por la enfermedad de no creer.
Es real que tus labios no muerdan la palabra de mi amor,
es real que los pájaros no tengan la filosofía de tu devenir,
es real que el sol se unte en tiernas ramas y nadie tenga que observar su timidez
al madurar la hojas del silencio, ante el viento de mi canción;
es real que el ruido de un martillo público tenga que ser la norma de tu piedad,
es real que la especular videncia no te abarque en una sola vuelta sobre tu desnudez.
Es real que la ciudad se atragante de miasmas y que todas esas resurrecciones no sorprendan ni siquiera al mendigo que tiene en la boca podrida el desliz de su fe,
es real que la melodía que le inflama los ropajes sea una plegaria de dolor,
allí donde la ceguera es hermosa piedra de resplandor y odio,
allí donde las avenencias son frutos de instantánea traición,
allí donde las gotas de sangre descompuesta son cobija inerme para su sueño letal.
Es real que todo suceda sin que haya oídos para mi conversación,
es real que bajo mis escamas se trace la revelación del claroscuro
y no haya un ojo puesto en la incisión de mis temores,
acaso tan solo un plato de cristal para sentar las heces de una sutil incandescencia orgánica.
Es real que no me escuches aunque te suplique un breve lapso de razón,
es real que no me atiendas aunque te lo ordene tu silencio ávido de una verdad,
es real que no me oigas aunque te solicite una nota de mentira para mi paz,
es real que escriba lo real de dos personas que no conversan aunque una sea la que ofrece la cabeza para invocar otra decapitación.
Es real que escriba estas palabras que son flama que se extingue de una conversación que jamás podré tener.

UN DÍA INOLVIDABLE CON CAFÉ TACUVA

Tengo muchos días inolvidables, pero por ahora les contaré uno en especial que fue cuando sentí la energía de la música en vivo como nunca antes.
Año 1992.
El grupo de rock Café Tacuva estaría en mi ciudad, tocaría en vivo en el parque deportivo Colón.
Yo con dos de mis mejores amigos estábamos listos para entrevistar a Pinche Juan (Rubén Albarrán), vocalista, Meme del Real, teclados, Joselo Rangel, guitarra, y a Quique Rangel, bajo. Ya una noche antes habíamos logrado un lugar entre la prensa para hablar con los tacuvos. El periódico de mayor tiraje de mi ciudad los traería hasta el estadio de béisbol. La gente joven estaba feliz por la acertada ocurrencia. En esa época yo dirigía la revista de rock y literatura Anónimos Suburbios. Preparábamos el número 5, en ella se publicaría una entrevista con José Agustín, realizada en Cuernavaca, una antología de poesía de jóvenes poetas cubanos preparada por Odette Alonso Yodú, y otras cosillas. Entonces leía un libro de relatos de Guillermo Fadanelli, El día que la vea la voy a matar, festejaba que este autor desencajara en verdad las letras mexicanas, cuando era poco posible pensar en autores como Fadanelli y mucho tiempo antes de su consagración literaria; vivía cerca del centro de Xalapa. Era supremamente feliz en compañía de mi hermana menor. Me gustaba tomar licor con mis amig@s, la dicha era plena y mi ciudad tenía un clima bastante agradable.


*

La tarde del concierto salimos por la mañana a un restaurante campestre, ubicado por la carretera antigua a otro municipio bello de por acá: Restaurante Casa de Campo, muy cercano al CBTIS 165, de Coatepec, Ver. Pero antes nos habían llevado al hotel donde se hospedaban los muchachos del grupo. Ya en el restaurante pudimos conocer personalmente a nuestros cuatro fantásticos; por supuesto que ellos apenas comenzaban a sonar a nivel nacional. Los conocimos a través de revistas como La Pus Moderna o El Gallito Cómics; los tacuvos se convertían poco a poco en referentes obligados. Su música sonaba muy original y ya por ahí andaban también La Maldita Vecindad y Los Hijos del Quinto Patio, Caifanes (otra de mis bandas preferidas), etcétera. Gente como Rogelio Villarreal saludaba a Café Tacuva como un ejemplar de la hibridez de entonces, festejaba la existencia de estos chicos como parte de una mezcla entre punk y polka, rock con redoba y efectivamente Café Tacuva era la cabeza visible de la música de jóvenes creativos y era digna de la atención de seres pensantes y críticos como Villarreal y Cía (gente que alguna vez hizo la súper propositiva revista La regla rota).
En la Casa de Campo la comida fue estupenda, antes de la conferencia de prensa los organizadores invitaron mariscos, brandys, cervezas, cocteles, etcétera. El canal 4+ tenía allí sus cámaras, los reporteros de sociales del Diario de Xalapa se daban un buen atracón, nosotros los anónimos suburbios estábamos felices, hasta les solicitamos autógrafos a los músicos, dedicados a nuestras chavas y hermanas, por supuesto.
Después de la comida la agenda marcaba la marcha de allí al estadio Colón. Recuerdo que los tacuvos fueron llevados en una camioneta tipo van blanca, y a nosotros nos llevaron en la batea de otra camioneta. La gente se arremolinaba en el estadio, sería un tremendo lleno y la tarde xalapeña tendría un carnaval de emociones, gente muy joven y que ya conocía al grupo, un ejemplo singular de pasar de las ligas under a llenar estadios en poco tiempo, como parece que sucede son esas páginas que te lees de un tirón, pero que quieres volver a releer como ahora que el 11 de diciembre volverá esta banda triunfadora al mismo estadio; pero ¡oh dioses! ¿no quedará muy chico el lugar para tanta gente que seguro ya está adquiriendo sus boletos? Queda la pregunta pues.



*

Aquella tarde en el restaurante, en 1992, Café Tacuva se portó muy bien, después de la comida hubo una charla con ellos, conducida por uno de mis amigos. Yo feliz, después de comer bien, conocer a los jóvenes más creativos del rock mexicano, de pasarla a todo dar, sólo nos quedaba por irnos al estadio a ver en vivo a esta súper banda de rock.

Del restaurante tomamos un aventón (raid, raite o auto stop) hasta el estadio y allí escuchamos todas las melodía del primer disco: Noche Oscura, Las Batallas, Las Persianas, Rarotonga, María, Cometer Suicidio, La Chica Banda , El Catrín, Pinche Juan, Labios Jaguar, Debajo Del Mar, La Zonaja y Bar Tacuba.

(¿Esto ya lo había escrito o es un deja vu bastante consciente?)

De lo que más recuerdo son las interpretaciones de “Noche oscura”:

“Esta fue la noche oscura
la decadencia se respira
lo underground está de moda
así se espera todas las noches que ocurra.

Algo va a suceder
el alcohol no va a embrutecer
mujeres se van a perder.”

O “Las persianas”:

“A través de las persianas
de tu mente, de tus recuerdos,
tu sientes como te oprimen
esos sentimientos,
cuando cae el remordimiento sobre ti,
sobre tus manos
tu sabes como te duele haberlo hecho.

Sin embargo ella está a tu lado
nunca sólo te dejó
ni por un instante en tu cuarto.”

Inolvidable tarde. Centenares de chi@s brincando, cantando, el slam en pleno, haciendo el círculo de correrías, de un lado para el otro; y entonces me doy cuenta de que estoy plenamente vivo, y sonrío y mis amigos también…

*

Terminó el concierto esa noche de 1992.
Hoy Café Tacuva es la mejor banda de rock en español, sin duda.
Hoy se dan noticias de ellos como la de junio de 2005 cuando: “Rompe Record de Asistencia en el Zócalo de la ciudad de México- Más de 170,000 personas pudieron disfrutar de 3 horas de auténtico rock.” Para no hablar de sus presentaciones en España, con rotundo éxito también.

¿Por qué siempre me ha gustado Café Tacuva?: Porque son de mi generación; porque su música es una vertiente de las llamadas culturas híbridas: con ellos escuchas rock + son jarocho + cumbia + polka + música norteña…; porque ahora que veo sus DVDís me traen muchos recuerdos, es que son entrañables, son creativos, son combativos, humildes, buenos cuates. Algunos de ellos dicen que después del rock de dedicarán al diseño gráfico, o a hacer cine, ojalá. (La verdades que sus talentos son múltiples, ya que el vocalista diseña, dirige videos, etcétera.)

Qué curioso, es difícil teorizar acerca de ellos, lo mejor es escucharlos y nunca olvidarlos.

Después de aquél concierto invité a mis amigos a mi casa, como se me habían olvidado las llaves, tuvimos que brincarnos por la azotea. Y seguimos riendo, tomando cerveza y escuchando a Café Tacuva…

(Hoy mis amigos de estonces son estudiosos de las identidades y de las culturas juveniles, yo sigo echándome un rocanrol de vez en cuando, queriendo ponerle emoción al pensamiento y charlando con Arturo, como hace rato, de la visita para este 11 de diciembre en el Estadio Colón.)


MINORÍA FUGAZ

Poesía: palabras que suenan a algo más para la que fueron inventadas.
La noche de Xalapa se inventó un disfraz de llovizna.

En una calle de Coatepec trabajan algunos hombres golpeando las piedras, tendrán una calle única, de piedra moldeada al gusto; pueblo mágico, conservador, pero de refinado gusto. Calles imposibles para Xalapa, en esta ciudad capital sus ciudadanos han aceptado el pacto de la no circulación: el tráfico somos todos. Pero la poesía es una sombra que camina entre escaparates, luces que tasajean su silueta, calles feas pero con historia como Úrsulo Galván, en Xalapa.

Lee Mirna, lee Rafael, lee Angélica, lee Leonel.


Abraham se hecha unas rolitas de blues.

Esta minoría fugaz se ha sentado en círculo, escucha, se aposenta en las piernas del silencio y las palabras otra vez tienen otro rostro, el que no les es conferido por denotaciones al uso, sino por el que les dispense la resonancia interna que consigan. Las palabras que la cotidianidad desgasta, que el trajín de los días convierte en cáscara reciclable, en la poesía es materia compartida, significados que se alternan entre las emociones consabidas, la fuga del pensar, la apuesta por el humor propio del juego verbal, la búsqueda de otros referentes más allá del color de cada vocal, el traje raído de cada consonante, la gloria azarosa de cada verso.
Lo que es posible desbastar a la roca del silencio, lo que la escucha atenta y amable atiende, lo que desde las voces se dice por no callar, un ensayo de libertad de una minoría fugaz.

Noche del día 27 de noviembre, 2009, librería La Rueca de Gandhi, en Xalapa, Veracruz.

precisamente

Pintura: Nuevos territorios, territorios perdidos. De Aura Cruz Aburto.


cómo se instala la sombra bajo las piedras que hacen la calle/
cesar de rodear con las manos los troncos de la espera,
apaciguar la niebla hasta el fondo del bolsillo,
dejar que la cabeza se ausente entre las palomas del jardín,
mirar que el júbilo tiene raído el cuello de su alba camisa.

cómo sin ser domingo la calle tiene sólo el caminar de una muchacha/
mentir al sol un saludo cordial,
llegar hasta la banca a respirar el viento que suplica una casa segura,
escuchar que entre las pláticas otra chica esboza tristeza de fuego.

cómo la desesperación está atada a una mano que transita/
dejar la cabeza sobre una nube que es de fotografía,
entreleer del árbol su agonía vespertina,
agitar una duda para que quien lo sepa venga con su mejor hipótesis.

de qué manera lo gris es una capa de identidad al subir la cuesta/
(salir de sí, tornarse agua, apretón de manos, minuto entrecortado;
volverse mineral, cuarteadora en la foto que alguien toma desde su ceguera.)

venerar los círculos que se deslizan cuando tu mirada llega hasta
aquí
a su concéntrica blancura.