En los años 70 mi padre anduvo por la sierra del norte del país. En su trabajo necesitaba andar por serranías, a lomo de caballo, en helicóptero, a pie. Tengo sus fotografías. A veces está posando cerca de árboles de manzana, o asando elotes con sus compañeros de trabajo, seguro en un momento de calma y por supuesto a la hora de comer. Bajo la lluvia o bajo un sol abrasador. Mi padre.
Recuerdo que entonces nos mandaba a sus hijos hasta Xalapa, por COD, en cajas de cartón cobijas, discos de acetato, de esos que venían en caja; recuerdo cuando mandó la caja especial de Los Tigres de Norte. Uh. La narrativa de este grupo tenía que ver con narcotraficantes, con mujeres impías que derribaban honras masculinas de hombres al margen de la ley. Pasu mecha, entonces escuchar a los tigres en el estéreo que mi padre le regaló a mi hermano en sus cumpleaños 15, subirle el volumen a "Contrabando y traición" significaba regodearse en el vértigo de quienes delinquían, pero de tan bien aceitadito el corrido norteño, a esa edad mía, lo mismo daba esta melodía que una de Kiss, una de Bee Gees, una de Leo Sayer, de Iron Maiden, o de Héctor Lavoe.
Y en esa correspondencia musical, mi papá quería que sus hijos también se alfabetizaran, bueno, íbamos a la escuela, pero mi padre comenzó a mandarnos libros entre las cobijas y los discos, y entonces, entre la música de Manolo Muñoz (rocanrol mexicano, qué chido bailar con la "Chica ye yé", me cae), y más discos de los entonces Conjuntos Musicales, a quienes por cierto extraño mucho ahora que los choferes del servicio urbano van tan callados, estresados, ora hablando por celular o de plano silentes: Los Bukis (no manches: Yo te necesito, a cada momento sólo pienso en ti), los Brios (Yo sé que te acordarás…). Ya mucho antes, cuando mi padre trabajó por Córdoba los discos los compraba en los almacenes AB, y desde esos incipientes años 70 ya mis sentimientos tenían que ver con Edye Gorme y Los Panchos, con los formidables Hermanos Martínez Gil, vaya, el puro blues nuestro de cada día, la música de estos hermanos de Misantla, caray que fineza, qué letras, qué únicos, qué arreglos, qué punch lírico musical. Hace poco que volví a Misantla me tomé una foto cerca de ese feo, pero justiciero, relieve en cemento que está en una calle misanteca; le platiqué un poco de los brothers a Arturo, quien me tomó la foto, y quizá ya no se acuerde de esto, pero yo sí, y así corre desde la memoria la música como frecuencias emotivas, la música mexicana que no quiero abandonar.
Un día llega hasta la casa la notificación telegráfica: favor ir caja discos cobijas libros... y shifúm rumbo a Telégrafos Mexicanos.
Era una caja grande que en su vida original contuvo un ventilador y que se van asomando los discos de Los cadetes de Linares, y entonces me di cuenda que hay grupos de música norteña que tenían más sabor a campo, a monte, a botas puntiagudas, música norteña de restaurantito como para comer huevos navegantes picosos; más música del norti que olía a carne de cerdo guisándose entre el caldo espero de la manteca o aspandose en las parillas, me di cuenta que había música norteña más ruda, ya no tan estéticamente a modo, para oídos que bien se saltaban de Ray Coniff a Rigo Tovar, o de Juan Gabriel a Roberto Carlos, de Fausto Papetti a Estela Nuñez, no, Los Cadetes de Linares eran más pa’ la raza. Sí. Reto a quien me diga si alguna vez los vio más de 10 minutos en Siempre en Domingo, en Noches Mexicanas, bueno en El estudio de Lola Beltrán (mi Lola). No, pues no creo que los productores hayan visto en Los Cadetes personas como para aparecer en las pantallas mexicanas y qué bien pues los cadetes tendrían que ser para mí más auténticos, más originales, más rasposos.
(Ah, pero ya desde las ondas hertzianas de El Compadre Manuel -en riguroso AM xalapeño- mis oídos sabían de Las Jilguerillas, de Ramón Ayala, de Los Alegres de Terán, hijos, los más chichos de este lado del Río Grande y de más pa’ lla: Los cadetes fueron parte de mi brío juvenil, ah, pero siempre en la consabida manera de bailar pasitos norteños, dignas sinuosidades de acordeón, valsesitos de bajo sexto, casi polkas, rancheritas, baladas, o cumbias adaptadas al estilo de estos grandes de Linares, Nuevo León.)
...
Los Cadetes de Linares se integraron gracias a las diligencias de Homero Guerrero, desde 1960, allá en un lugar denominado Linares, Nuevo León; el nombre de cadetes fue un relámpago fugaz en las ensoñaciones de Guerrero, pues se vio a sí mismo como todo un cadete de la música, un cadete que sabría cómo ganarse el dinero para vivir, ya que la pobreza estaba bien canija. El primer acordeonista de grupo fue Adán Moreno. Para 1968 entra el segundo acordeonista del grupo, Samuel Zapata, debido a que Moreno se va por problemas personales; de esta manera con Homero Guerrero en el bajo sexto y Zapata graban su primer disco. Ese disco trae la canción “El rogón”. A finales del 68 se va Zapata y llega Candelario Villarreal, así hasta que llega otro grande: Guadalupe Tijerina, y lanzan en 1974 “Los dos amigos”, que los lleva más allá de las fronteras, hasta ciudades gringas comoTexas, Arizona, Nuevo México, Chicago y California. El fatídico suceso del año 1982 para el grupo es la muerte de Homero Guerrero en un accidente de carretera en el tramo de Monterrey-Cadereyta. Curiosamente se han formado más de 20 agrupaciones que llevan en sus nombres una parte de Cadetes o Linares, como ramas del tronco central.
Así volver a ver a mi padre entonarse su ron con canciones como:
No, no te preocupes por mí,
aquí todo sigue igualcomo cuando estabas tú,
sí es cierto que no hay calor ni
en la casa y el olor de tu cuerpo sigue igual,
ya, ya la fuente se secó,
el canario ya murió pero aquí no hay novedad…
(Digo, que ahora anden batos con esta rola en sus camionetas, pues nanais, no se oyen bien, pero qué se le va a hacer.)
Dos coronas a mi madre
al panteón voy a dejar,
donde me paso las horas
llorando sin descansar;
dos coronas a mi madre
es muy poco para ti, madrecita de mi vida
quisiera quedarme aquí...
(Órale, qué letra, y sí, dan ganas de quedarse allí en el panteón, donde las piedras son muestras de un arroyo en el que no queremos nadar.)
Me dicen el asesino por hay,
y dicen me anda buscando la ley
porque maté de manera ilegal
la que burló mi querer…
(Sí pues, vaya, me reencuentro con esta letra y veo el peso que tiene esta música y esta lírica en la configuración de una masculinidad broncuda, asesina, y bueno, ay de aquellos tiempos o de estos, donde se violenta a la mujer por sentirla traicionera; la música sigue surtiendo este imaginario donde la mujer es el objeto de los temores más profundos de los hombres, cosas que hay que analizar, por supuesto.)
Una palomita blanca
de piquito colorado
ayer yo la vi llorando
por las cumbres de un guayabo,
currucu currucu
le cantaba al palomito,
currucu currucu
que volviera a su nidito…
(Bueno, El palomito, para bailar con la chica, sí y cantársela al oído.)
Eran cuatro de a caballo
de aquel real del Mapimí
huyendo de la acordada
se escondieron por allí.
Pancho era de aquellos cuatro
el más cruel y sanguinario,
pues una vez mató a un cura
mientras rezaba un rosario…
(Bueno damas y caballeros, niños y niñas llego hasta el leit motiv de este escrito, aquí mis respetos, y uno dice ay cómo no vuelven esos tiempos… Digo aquellos tiempos donde podía ver a mis padres escuchando, entre las comidas, esta canción mientras le crecían a uno las angustias por eso mismo, por crecer. Los cadetes se consagraron como grupo popular, pero no tan visible como los tigres aquellos, y con corridos como este dieron sitio a su figura en la poética del cancionero mexicano, sin más.)
Martín le dice a José:
no te pongas amarillo
vamos a robar el tren
que viene de Vermejillo.
Amarillo no me pongo,
amarillo es mi color,
he robado trenes grandes
y máquinas de vapor…
(Pero bueno esta letra es la más potente, es la neta de Los Cadetes y bueno, hubo un día en que a mis 17 años solía empujarme alguna bebida socializante, que no socialista, y a gritar a voz en cuello sobre todo esos dos cuartetos.)
…
Hace no mucho me entero que Los Cadetes o los que queden de ellos, ya cantan melodías mucho más agregadas al fermento que ve en el narcotraficante cierta glorificación de sus osadías; ya mis cadetes cantan hasta melodías donde le mientan la madre, de plano, con todas sus letras, a la mujer que sienten los sigue traicionando: ya no me gustan mis cadetes de esa manera, ni para echarme una risilla con mis amigos pícaros, en serio.
Pero hace muy poco, desde el Facebook me entero que algo les pasó a mis músicos y voy al diario electrónico del día 19 de diciembre y sí, los de la PGR arraigaron a los que quedan de los cadetes y sopas, no sé en que acabe esto. Quesque por tocar en una narcofiesta (vaya conceptito mano, diría un posible Capulina), por lavado de dinero y delincuencia organizada, por rozarse muy de cerca con los Beltrán Leyva. Ja. Sólo les deseo fortuna, que salgan libres para que sigan animando bailes, como el que estuve apunto de ir por acá en la Colonia Miguel Aemán, por el rumbo de la Reserva Territorial.
Ah, y quiero decirle a los políticos, artistas televisos, ejecutivos del CCE, jerarcas de medio pelo pa’ arriba de la rumba eclesiástica, a ellos, que los que nunca hayan estado bailando, echando trago, o con su linda familia en una narcofiesta, que se avienten el primer pasito duranguense (esta música pa’ que vean no me late nadita, nada de nada; bueno, sí me gusta esa que dice Mamá el mechón préndeme el mechón; dejen ora que salga para Nueva York me la llevo en el Ipod, sure).
Ay Dios, ya me volví a acordar de mi papá.
¡Larga vida a Los Cadetes de Linares!